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Neurociencia

Qué pasa en el cerebro del niño, de los primeros meses a los doce años

¿Alguna vez te has preguntado qué está pasando, de verdad, dentro de la cabecita de tu hijo mientras juega, explora o insiste en hacer algo «solo» por quinta vez seguida? No es simplemente una etapa que hay que atravesar antes de llegar «al colegio en serio»: es, probablemente, el periodo más fascinante de toda su vida — y dura mucho más de lo que solemos pensar, desde sus primeros meses hasta los doce años.

La neurocientífica Nazareth Castellanos describe la plasticidad cerebral con una imagen hermosa: el cerebro, como el barro, va tomando forma a partir de lo que vive. Esa capacidad de moldearse es altísima en la primera infancia, y sigue siendo muy alta durante toda la niñez. María Montessori observó algo parecido hace más de un siglo, mucho antes de que existiera la neurociencia moderna, y lo organizó en lo que llamó los planos del desarrollo: tramos de aproximadamente seis años, cada uno con su propia manera de aprender y de necesitar a los adultos que lo rodean.

Nido y Comunidad Infantil (0 a 3 años): construir confianza y movimiento

En los primeros meses de vida, el bebé absorbe su entorno de forma completamente inconsciente — lo que Montessori llamó, con cariño, la mente absorbente. No «decide» aprender el idioma que escucha en casa o el ritmo tranquilo o agitado de su día: simplemente lo va incorporando, como una esponja. Por eso esta etapa, el Nido, se trata sobre todo de ofrecerle vínculos afectivos estables y libertad de movimiento: ahí nace la confianza que más adelante le va a permitir explorar el mundo con seguridad.

Entre el año y medio y los tres años —la Comunidad Infantil— llega una explosión de lenguaje y una necesidad muy intensa de independencia y de orden: el niño quiere hacer las cosas por sí mismo, y se angustia cuando algo en su rutina cambia sin aviso. No es terquedad ni un mal momento del niño: es una ventana de desarrollo real, y entenderla con paciencia cambia por completo la forma en que lo acompañamos.

Casa de Niños (3 a 6 años): el cuerpo también aprende

Entre los 3 y los 6 años el niño sigue en mente absorbente, aunque ya de forma más consciente, y se abren nuevos períodos sensibles: el lenguaje más refinado, el orden, los números, los pequeños detalles del mundo sensorial. Una de las ideas más bellas de Montessori —hoy respaldada por la neurociencia del movimiento— es que a esta edad el niño no separa el cuerpo de la mente: aprende moviéndose, con las manos. Por eso actividades tan sencillas como servir agua, pasar semillas de un recipiente a otro o abotonarse una camisa no son solo «tareas prácticas»: son, en los hechos, un entrenamiento silencioso de la memoria de trabajo, el autocontrol y la flexibilidad cognitiva — las llamadas funciones ejecutivas, que distintos estudios asocian con el bienestar a largo plazo incluso más que el coeficiente intelectual.

Taller (6 a 12 años): de la mente absorbente a la mente que razona

Alrededor de los 6 años ocurre algo hermoso que muchas veces pasa inadvertido: el niño deja de absorber el mundo casi automáticamente y empieza a querer entenderlo y explicárselo a sí mismo. Montessori llamó a esta etapa la mente razonadora: un tiempo dominado por la imaginación y el «por qué» de las cosas, por el interés en lo que está bien y lo que está mal, por el gusto de trabajar en comunidad y de embarcarse en proyectos que conectan distintas áreas del conocimiento. El cerebro sigue transformándose en este periodo: la corteza prefrontal —la parte que nos ayuda a planear, regular impulsos y tomar decisiones— sigue madurando durante toda la niñez y bien entrada la adolescencia. Por eso en Taller el trabajo se vuelve más de investigación y menos de repetición: a esta edad, el niño necesita que lo reten de verdad, no que le entreguen todo ya masticado.

La psiquiatra Marian Rojas Estapé explica algo que, como papás, vale la pena tener presente: cuando un niño se enfrenta a un problema, su corteza prefrontal intenta buscar una solución, mientras una parte más primitiva del cerebro reacciona con alarma. Si el adulto se apresura a resolvérselo todo, interrumpe ese proceso — y, con el tiempo, un niño al que nunca se le permite enfrentar una frustración moderada puede crecer con más dificultad para tomar decisiones y regular sus propias emociones. Resolver un problema por sí mismo, en cambio, deja una sensación de logro que refuerza la confianza en las propias capacidades. Es, otra vez, la misma idea que sostiene el método Montessori desde hace más de un siglo: ayúdame a hacerlo yo solo.

El estrés también existe en la infancia, a cualquier edad

Castellanos insiste en algo que conviene recordar con ternura: los niños, sin importar su edad, también sienten estrés, aunque lo expresen distinto a nosotros y puedan volver a jugar o a trabajar minutos después de un momento difícil. Lo que de verdad marca la diferencia, según su investigación y la de otros autores que estudian la resiliencia infantil, es tener cerca a adultos estables y presentes —padres, guías— que acompañen esa experiencia sin minimizarla, tenga el niño dos años o diez.

Por qué todo el recorrido importa, no solo los primeros años

Entender esto cambia, de fondo, la pregunta que muchos papás se hacen al elegir colegio. No se trata solo de cuánto contenido académico recibe un niño a los 4 o 5 años, sino de qué tan bien se acompaña cada etapa de su desarrollo, de la más temprana a la más avanzada. Un ambiente que respeta el movimiento en la primera infancia y que ofrece retos de verdad en la segunda no es una metodología alternativa: es, según la evidencia que tenemos hoy, una de las formas más coherentes de acompañar cómo el cerebro de un niño realmente aprende, del nido al Taller.

En Senderos acompañamos hoy a los niños desde Casa de Niños hasta Taller (3 a 12 años).

Fuentes: Nazareth Castellanos, entrevista en Hola.com (abril 2026); Marian Rojas Estapé, entrevista en ElMón.cat sobre el córtex prefrontal infantil; María Montessori, los planos del desarrollo, la mente absorbente y la mente razonadora.

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